Artículo: Los efectos especiales ya no son lo que eran

Posted by Mundo Cinefilia on lunes, marzo 22, 2010


A lo largo de los últimos años, los efectos especiales, concretamente los digitales, han evolucionado hasta límites inimaginables, donde la realidad y la ficción se funden de tal manera que prácticamente es imposible distinguir la una de la otra. Por supuesto no voy a poner en duda esto ni mucho menos, sería una estupidez, sino más bien hablar de la “devaluación” de los efectos especiales. Es decir, de cómo a pesar del aumento del realismo y la calidad de los efectos, el abuso y la saturación de éstos en tantas y tantas películas, ha provocado que ya pocas cosas nos sorprendan o nos maravillen como ocurría años atrás con menos realismo. Por ello, os invito a reflexionar un poco sobre el tema.



Primeramente tendríamos que hacer una separación de generaciones. Evidentemente las personas que han nacido en estos últimos diez-quince años seguramente no se sientan identificadas con estas palabras, ya que han crecido en una época en la que los efectos especiales ya comenzaron a despuntar y justamente han estado rodeados de esa saturación de la que hablábamos anteriormente, con lo cual no notarán la diferencia. En cambio, quien ha vivido esa evolución si que sabrá de que hablamos.


Recuerdo esas películas en las que cualquier cosa que se saliera mínimamente de lo normal se notaba claramente que “no estaba allí”, y si le echáramos un vistazo ahora incluso nos costaría ponernos a verlas, salvo por los recuerdos que nos puedan revivir. Pero en cambio existía una importante diferencia, y era que pocas películas podían permitirse la digitalización, además de que las empresas dedicadas a ello eran escasas, y por tanto muy caras. ¿Qué ocurría entonces? Que las que los tenían te dejaban boquiabierto, asombrado. Recuerdo por ejemplo “Los Cazafantasmas”. Si viéramos ahora cualquiera de las dos partes, sería difícil creernos que los fantasmas o espíritus están ahí, sin embargo, en aquella época, y bastantes años después, no necesitabas que las texturas, la iluminación o el movimiento de éstos fueran estrictamente realistas para hacernos disfrutar como un niño. O por ejemplo “Superman”. Nadie cuestionó en su día que el Hombre de Acero volaba o corría a una velocidad sobrehumana. De hecho, el eslogan de la película fue “Creerás que un hombre puede volar". Ahora nadie lo creería. Diría que se nota muchísimo que está superpuesto sobre el cielo, pero en su momento todo el mundo miró hacia arriba. Era algo impresionante.

En la actualidad en cambio, necesitamos destruir el mundo o crear otros totalmente distintos y nuevos para que podamos soltar un simple “¡vaya!”. ¿Por qué? Porque hemos destruido el mundo ya tantas veces y hemos creado tantos otros nuevos que ya nada nos sorprende.


El avance de la tecnología y el desarrollo de todo un sector de empresas dedicadas únicamente a la digitalización para el cine ha provocado que, no necesariamente con un presupuesto tan elevado –en comparación con las ganancias que se obtienen hoy en día–, cualquier película tenga acceso a unos espectaculares efectos especiales. El problema no es solo ese, sino además el uso de éstos sin un motivo de peso. Me explico. Superman necesita que sean realistas sus superpoderes para que se sostenga el guión, para darle credibilidad. El Señor de los Anillos necesita que la Tierra Media exista para poder desarrollar la historia. Como éstas podríamos nombrar un sin fin más en los que estarían justificados los efectos. El inconveniente llega cuando se realizan películas para mostrar efectos especiales uno detrás de otro a las que luego solapan simples guiones para que tenga algo de sentido todo aquello.

De esta manera, a lo largo de los años, el espectador se va acostumbrando a ver cualquier cosa, es decir, a que en una película pueda ocurrir lo que sea, por muy espectacular que parezca, y por muy poco sentido que tenga. Así, llegamos a un punto en los que los efectos especiales dejan de tener valor, valor emocional.

Artículo Original de Caminos de Ficción